Hay instantes dignos de permanecer en nuestra memoria, por su belleza, por su paz, por su olor, por su color, por su silencio...
Esta foto la tomé en la parada del autobús, eran tan solo las siete de la tarde de un día de diciembre. Terminaba de salir de mi trabajo, cansada, agobiada, harta de escuchar a personas quejándose de sus problemas y de que nunca les toca la lotería de Navidad.
Apenas había gente en la calle, tampoco tráfico...
En el silencio del instante, observé el efecto de la luz de las farolas en las hojas doradas del árbol y me quedé mirándolas, diciéndome lo bellas que eran y lo afortunada que era por poder disfrutar de ese momento único.
No pude evitar sacar mi móvil e intenté guardar ese diminuto detalle, invisible para muchos, visible solo para aquellos que se detienen a observar el maravilloso mundo que les rodea.
Cuando la miro, recuerdo la paz que sentí al mirar las hojas y a pesar de que en la parada había más gente, sentí la soledad de la calle vacía, una soledad absolutamente relajante, inspiradora.
Entonces llegó el autobús, y la magia desapareció. Volvió el ruido, la gente, las luces del tráfico...

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